Apocalipsis

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Apocalipsis
Ediciones:eBook
ISBN: 9788473866750
Páginas: 324

Hoadley, Pensilvania, es un espacio triste donde vivir, una localidad minera empobrecida y represiva, cuya explotación del carbón se vio duramente golpeada por el derrumbe de la industria pesada. La multitud de esta chiquita localidad se ve atormentada por visiones y pesadillas de una inminente condenación, hasta que de repente hace aparición una enigmática mujer. La vigorosa y seductora Ahira asegura la salvación para todos. Sí, ella puede ser la salvadora de Hoadley... aunque algunos aseguran que más bien les conducirá a la Oscuridad final.

¿Sera el apocalipsis de la ciudad?

Sinopsis:

El apartamento de una sola habitación situado encima del Salón de Belleza Bronceado Tropical: en invierno el calor entraba por los viejos tablones del suelo, y nunca hacía más falta que entonces, pues en las montañas de Pennsylvania los inviernos suelen ser gélidos; pero también entraba en verano, cuando las tempestades hacían que el vapor surgiera de los pavimentos llenos de baches y agujeros y de los techos alquitranados de Hoadley, consiguiendo que cada nuevo día fuese más asfixiante que el anterior, y entonces cualquier cantidad adicional de calor era una auténtica perversión.

Una vela negra arde en la oscuridad de una noche de mayo espantosamente cálida. La ocupante de la habitación utiliza esa débil luz para entregarse al estudio de las perversiones.

Lee las obras de Albertus Magnus y Aleister Crowley, las profecías de Nostradamus y las novelas eróticas de Anaïs Nin. Ama la oscuridad. Si pudiera leer con menos luz lo haría.

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La tenue claridad de la vela suaviza los torcidos rasgos de su cara pero no basta para enderezarlos del todo. Su nariz y los huesos de sus mejillas medio aplastadas se unen formando una serie de ángulos erróneos.

Su cabeza y su cráneo se inclinan hacia un lado, como si quien los creó se hubiera enfadado y hubiese arrojado el molde contra la pared. Su boca es un rictus eterno causado por un labio leporino.

No tiene mentón. Y sus ojos…, la luz de la vela se refleja en el blanco de esos ojos cuyo iris está rodeado por una aureola que tiene el color del barro y las algas. Tiene unos ojos inmensos. Enormes. Como los de una rana…

Esta noche lee esa infame obra del hechicero y místico de origen alemán que vivió en Pennsylvania, John George Homan, Der Lang Verbogne Freund,

«El amigo largo tiempo perdido».

Levanta sus ojos de rana de la página impresa y le sonríe a la pared: está sentada de espaldas a la única ventana del apartamento y su refugio sumido en la oscuridad no contiene ningún espejo.

Cuando sonríe no cierra la boca, pues respira a través de ella. Su nariz es una mera excrecencia pegada a su rostro, algo que no sirve para nada. La luz de la vela le arranca destellos a las lunas huecas de sus ojos, a la joven piel pálida que cubre el desastre de su cara, a la boca que aspira el aire…

La boca se mueve y habla. Lleva algunos años leyendo en voz alta las poesías de Donne, Dylan Thomas y Sylvia Plath. Posee una voz algo grave y sedosa, una voz que sabe darle emoción a los versos pese a la leve distorsión causada por el labio leporino y el bloqueo impuesto por la nariz.

La práctica ha hecho que su dicción sea muy precisa y entona las poesías con un apasionado convencimiento.

—La fiebre que crece —le dice a la oscuridad o a la pared—, y el irse consumiendo, y las escamas en sus ojos, y el fuego que arde. Y las piedrecillas en su - Página 6 orina, y las convulsiones… Eso es lo que les da miedo.

—La mano que reposa sobre las páginas del volumen de negras tapas se curva y los músculos se tensan haciendo que las blancas uñas se hundan en la carne amarilla de su palma. Echa hacia atrás su silla con un seco chirrido de madera arañando el suelo y se pone en pie.

Las manchas que cubren su traje comprado en la tienda más barata que conoce son visibles incluso a la luz de la vela. Su cuerpo no merece nada mejor. Es joven pero se mueve con torpeza.

No está gorda pero tiene un aspecto vagamente enfermizo y vivir demasiado tiempo en la oscuridad ha hecho que su piel adquiera el color de los hongos. Da uno o dos pasos por el angosto recinto de la habitación alquilada, alarga el brazo y coge la caja de zapatos escondida en el fondo de un estante.

Al sentir su contacto la ocupante de la caja se yergue apartando la cabeza de los papeles de periódico que le sirven como lecho: es una serpiente minúscula con cabeza humana, nacida de un hechizo, el agua de un manantial y el pelo arrancado a la vulva de una yegua en celo.

Coloca la caja de zapatos junto a la vela que hay sobre la mesa y la serpiente, no mucho mayor que un gusano, vuelve su rostro andrógino hacia ella y espera oír sus palabras.

—Esos idiotas… La enfermedad les asusta —le dice a su minúscula aliada o a la oscuridad—. Harían mejor temiendo el pozo que ellos mismos han cavado. Un pozo tan negro como sus almas… Nosotras les enseñaremos lo que es bueno, ¿verdad, Serpentina? —Sus ojos saltones se clavan con fervorosa pasión en aquel ser que le sirve de amigo—.

Recibirán su merecido. Todos ellos… Todos y cada uno de los habitantes de este pueblo asqueroso.

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